jueves, 20 de enero de 2011

"Escobas para volar... perdon para barrer"

Niños trabajadores


Es domingo y los rayos de la aurora emergen para brillar con todo su esplendor. Y es cuando Ernesto más conocido como “El Sibarita” grita de forma entusiasta a través de su altoparlante: “mira señora caballero, estoy liquidando escobas para volar, digo para barrer, para barrer el cuarto, el dormitorio, la cocina (…)”.
 
Así como Ernesto, algunos trabajan de forma diaria y otros sólo fines de semana, según el tiempo y la necesidad económica que puedan tener. Se trata de gente que vive al día. Pero también irrumpen a las calles para conseguir unos milagrosos pesos, porque las máquinas le robaron su empleo. A veces tienen que trabajar mucho para ganar poco.
La crisis económica familiar hace más difícil el acceso a un puesto de trabajo estable, porque entre los requisitos indispensables es tener una profesión. No hace mucho tiempo atrás se decía que en El Alto de un total de 649.958 habitantes; 434.821 (70%) eran pobres (INE 2002). Estos indicadores de pobreza muestrean las razones por las que muchas personas emprendieron sumergirse en esa actividad laboral. Más allá de que en la actualidad hayan disminuido esos indicadores, muchos prefieren dedicarse a este oficio porque es placentero, liviano y un talento en el arte de seducir compradores.
 
“… aunque es un trabajo muy sacrificado y cansador es mi única salida para ayudar a mi familia, en otros lados, los salarios son muy bajos, por eso me dedico a este oficio para no depender de nadie”, relataba Rosa M.G. acerca de ese oficio que efectúa los jueves y domingos en la ¡Oh! feria de la 16 de Julio. A diario se puede avizorar en esta joven ciudad, mujeres inactivas. Una de ellas es Marcela Q. (24 años de edad) de rostro dorado y mirada tierna. Ella no se dedica al comercio informal por capricho sino por imperiosa necesidad: “trabajo desde el 2000, vendiendo estos sombreros, pero a veces vendo otra cosa dependiendo de la mercadería. Generalmente me vendo bien, a veces gano 40 a 50 bolivianos al día” decía sosegadamente mientras bebía un fresco de cebada.
Otro caso es la de Juan Torrez, quien afirmó que casi siempre es víctima de una cadena de agresiones verbales y físicas, por los vendedores de puesto fijo y agentes de seguridad privada. “oye levántese por favor de ese lugar, metes bulla, me perjudicas”, recuerda incomodadamente uno de los tratos que recibe en la majestuosa feria 16 de Julio, lugar donde se puede encontrar desde una aguja hasta un automóvil moderno y fantástico.
En esta feria a campo abierto y la más grande de Bolivia y por qué no decir en Latinoamérica, que se desarrolla todos los jueves y domingos se puede contemplar a niños, mujeres, jóvenes y ancianos dedicados en este negocio. En algunos casos, mediante la observación se puede comprobar a muchas señoritas con su bebe en los brazos, vender perfumes, folletos y prendas de vestir sin importar el “que dirán” de sus amigos, familiares y de la muchedumbre. Por lo común, se pueden identificar tres tipos de comerciantes ambulantes: 1) los que tienen un carrito y una alta voz, 2) los que llevan y exponen sus productos utilizando los hombros y manos, y 3) los que sólo tienen una cajita de cartón.
Cualquiera de estos comerciantes, en general, venden según la época del año, capital y posibilidades fisiológicas. Venden desde ganchos hasta chocolate en polvo. Ellos, desde su corta o larga experiencia, ya saben qué es lo que puede salir y qué no. Evidentemente es un mundo donde se interrelacionan asperezas y alegrías, retos y desconsuelos, sueños y esperanzas. Las caracterizaciones de estos personajes sociales son vastas e innegables.
Pero eso no es todo. Podríamos decir que el éxito peculiar de éstos radica en hablar fuerte, ubicarse en sitios estratégicos de mercadeo y en tono apasionado cualquiera sea el medio y tiempo, perpretando guerra publicitaria contra sus competidores, todo a fin de sobrevivir en las leyes del mercado. Lo pernicioso de esta actividad es tener que soportar el clima seco y frió que caracteriza a El Alto, donde vientos constantes castigan a su gente e incluso un pequeño viento inofensivo puede convertirse en un remolino gigantesco que puede hacer volar las calaminas.
El frió en la madrugada o al anochecer es capaz de “congelar hasta las piedras”, pero de día el astro rey es candente que puede carbonizar hasta la niña de nuestros ojos. Empero, también es favorable para que los comerciantes ambulantes empleen toda su artillería discursiva a fin de seducir, embrujar y enardecer a sus compradores que a empujones y gritos desesperados compran sus mercaderías, más aún cuando éstos relucen lo “bueno, bonito y barato”.                  
                                                                                             por * Raul Catari Yujra

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